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- Staff
- noviembre 24, 2025
- Columnas Columnistas
Por Ivette Estrada
La ternura suele acallarse en sociedades marcadas por la competencia exacerbada, la auto explotación y la indiferencia, donde la vulnerabilidad se percibe como debilidad y los vínculos humanos se subordinan al rendimiento.
La disposición ética y estética que reconoce la vulnerabilidad del otro y responde con cuidado, sin esperar reciprocidad inmediata, es un gesto que dignifica, porque afirma que incluso lo frágil merece acompañamiento.
En el trabajo, la ternura logra confianza y abre un clima donde las personas se sienten seguras para mostrar dudas, errores o fragilidad sin miedo a ser juzgadas. Esto se traduce en mayor innovación, creatividad e impulso a intraemprendimientos y ahorros sustanciales en la cadena de producción, por ejemplos.
Asimismo, la ternura permite la colaboración auténtica. Cuando se reconoce la humanidad del otro, el trabajo deja de ser transacción y se convierte en co-creación. También puede transformarse en resiliencia colectiva, ya que la ternura sostiene en momentos de crisis y evita que el desgaste emocional se convierta en ruptura.
Representa innovación con sentido: un entorno tierno permite que las ideas vulnerables —las que parecen frágiles o “locas”— tengan espacio para crecer. Y muchas veces son ellas las que sostienen la gran infraestructura empresarial.
La ternura no es monofacética ni plana.
Su dimensión emocional surge del afecto romántico, filial, comunitario, incluso hacia animales, objetos y paisajes.
La fase ética de la ternura es resistencia frente a la indiferencia. También se manifiesta en gestos, palabras, sabores, imágenes… Una voz baja, un plato sencillo o la caricia verbal pueden ser formas de ternura.
Y en contextos de exclusión, la ternura es un acto de insumisión donde se cuida lo que el poder descarta.
En la Literatura, Clarice Lispector escribe en La hora de la estrella sobre Macabéa, una mujer pobre y anónima. La narración misma es un acto de ternura hacia quien no suele ser mirada.
En la cocina mexicana está en la preparación de un caldo para alguien enfermo. Y en comunidades andinas, el gesto de “dar de beber a la tierra” con chicha antes de beber uno mismo, es ternura hacia lo ancestral y lo natural.
Ternura es palabra, gesto, sabor y memoria. Todo este abanico se sostiene en el mismo eje: reconocer la fragilidad y responder con dignidad.
En Japón, algunas empresas practican el nemawashi: antes de tomar una decisión, se conversa informalmente con todos los implicados para escuchar sus preocupaciones. Este gesto, aunque pragmático, es también ternura: reconoce la voz de cada persona antes de imponer un resultado.
En el trabajo, la ternura no es un lujo sino infraestructura invisible que sostiene confianza, memoria y dignidad. Sin ella, los equipos funcionan como máquinas; con ella, se convierten en comunidades.
Permitir que la ternura habite en nosotros implica la escucha profunda o detenerse a escuchar sin interrumpir, incluso lo que parece trivial, elegir palabras que sostengan en lugar de herir y recordar que la ternura se manifiesta en el tono.
Permitir que la ternura habite en el trabajo es recibir a un nuevo integrante con palabras que lo reconozcan como persona, interesarse por los otros, agradecer tareas pequeñas y muchas veces invisibles que sostienen el trabajo. También despedir proyectos o colegas con palabras y gestos que dignifiquen la experiencia compartida.
La ternura nos convoca a transformar el trabajo en comunidad, el hogar en refugio, la escucha en ceremonia.